Postales Olvidadas

ADRA
CAPITULO 5 | Ecuador

Un paréntesis excesivo

La tarde del terremoto Jessica estaba con su hijo menor en un hospital lejos de su hogar. Desesperada, regresó con el pequeño a cuestas y descubrió que había perdido todo. ¿Cómo se vive en un campo de desplazados? ¿Es posible seguir cuando uno se siente derrotado?





La primera noche la pasó en el monte, no sabe bien dónde y no es que no lo recuerde, es que no lo sabe: estaban en Portoviejo, a doscientos kilómetros de su hogar y huyó con su hijo más pequeño a cuestas, como pudo, colina arriba. No pegó un ojo; ni lo intentó. Pensaba con desesperación en sus otros hijos solos, allá lejos, y la angustia crecía. Todos alrededor cruzaban miradas confundidas: todos alrededor, desconocidos, confundidos y llenos de miedo: uno de los terremotos más destructivos en la historia de Ecuador acababa de sacudir la provincia de Manabí.

 

Jessica es madre soltera de cuatro hijos: Víctor de quince; Génesis y Belén de doce y once, y el travieso Jeremi de seis. Jeremi es travieso cuando puede, que no son la mayoría de las veces porque se pasa días internado, postrado o en tratamiento por una enfermedad que aún no detectan con precisión. Ese día —ese día— Jessica había viajado con su pequeño para la consulta mensual en el hospital público regional. Pero ir hasta Portoviejo desde Jama, su pueblo, no sólo requiere cuatro a cinco horas de ida y otras tantas de vuelta, sino dólares que no tenía y que para ella eran —aún son— tan tortuosos de conseguir como los medicamentos.

 «La primera noche del terremoto estuvimos por ahí arriba, en el monte, porque la gente decía que vendría tsunami. Abajo se escuchaban gritos, se veían incendios en la oscuridad y yo no podía dejar de pensar en mis hijos, no dejaba de pensar cómo hacer para volver a Jama y buscarlos», dice Jessica mientras desenreda el pelo ensortijado de Belén, su brujita menor. «Pero no había quién nos trajera, solo había rumores: que la ruta estaba destruida, que llegaría el tsunami en cualquier momento, que había colapsado el edificio de la municipalidad, que el tsunami nos alcanzaría allí donde estábamos, que había gente atrapada pidiendo ayuda, que el tsunami…».

No probaron bocado, Jeremi se durmió en sus brazos y ella no pudo contener las lágrimas de impotencia. Por la mañana, las primeras luces iluminaron la devastación: era real, la pesadilla era real. Las réplicas aumentaban su desesperación y miedo, pero hizo caso omiso a las conjeturas y no esperó más: decidió caminar de regreso. Sobre la ruta, una pareja le dijo que ellos irían río arriba, acortando camino: si quería, podrían ir juntos. No lo dudó y cargó a Jeremi. Horas de caminata a través del campo destruyeron sus sandalias y acabaron con sus fuerzas, no daba más; estaba descalza, con su hijo a cuestas, con hambre, sabía que a ese paso no llegaría a tiempo y solo quería detenerse, tirarse al piso y llorar. Bajó al primer grupo de casas que vio sobre la ruta y pidió ayuda. A la distancia reconoció una camioneta del gobierno cantonal y se abalanzó sobre ella; les rogó que la llevaran, pero iban en dirección contraria. Le dieron dólares para el almuerzo y como para pagar algún transporte: la ruta estaba en mal estado y caían deslaves, pero ya se aventuraban los primeros vehículos y consiguió llegar a Jama.

Las palabras de Jessica al describir su aflicción se vuelven vertiginosas y difusas: era tarde, corrió al cuarto que alquilaba y le costó reconocer que era allí donde vivía: se había derrumbado; corrió a la prefectura desesperada y la halló destruida; corrió a la policía pero el edificio colapsaba. Entonces se detiene y el relato se torna concreto y contundente cuando le dicen —alguien le dice, Jessica no recuerda quien— que sus hijos estaban en el cementerio.

 

Génesis en el cementerio

El cementerio de Jama fue construido sobre una loma, se ve desde lejos. Es curioso: el lugar elegido para las tumbas destaca como ningún otro hito del pueblo. Allí huyó la mitad de la población luego del terremoto y a causa —del rumor— de tsunami; otro grupo se apretaba en el monte colindante, los restantes estaban bajo los escombros.

Enterarse que sus hijos la esperaban allí arriba le dio la energía necesaria a Jessica para trepar entre cruces y ángeles de alas rotas. Víctor, el mayor, había guiado a sus hermanas hasta una esquina que parecía segura. Belén, la menor de las niñas, no caía en cuenta de lo que pasaba; pero Génesis estaba en shock. El terremoto los encontró solos y caló hondo en ella: no paraba de llorar.

«Pasamos tres días y tres noches; solo tenía un par de sábanas que atamos a unos palos para resguardarnos. Pero comenzó a llover y se hizo imposible seguir allí». Durante las primeras semanas, Jessica y sus hijos recibieron asistencia de ecuatorianos que se movilizaron para ayudar a los afectados. Luego, el gobierno instaló el primer campo de refugio en Jama y les otorgaron una carpa: habían perdido todo.

Fueron meses de afrontar lluvias, barro, espacios incómodos y los inconvenientes típicos del hacinamiento: falta de intimidad, perdidas de paciencia, vulnerabilidad y estrés post-traumático. Un evento trágico pero fugaz para otros, un paréntesis excesivo y definitivo en la vida de la mayoría de manabitas. Jessica dice que Génesis fue quien más afectada estuvo: «me la tuvieron en tratamiento psicológico y hasta con calmantes. Lloraba por cualquier cosa y sentía miedo a cada rato». Pero ahora baila y juega más tranquila. Un grupo artístico acompañó a niñas y mujeres de diferentes albergues —los campos de refugio— con terapias de danza, folklore y pintura. Génesis asistió a la totalidad de ensayos y se destacó en la presentación final de cierre del proyecto. Su madre, en las primeras filas, aplaudía con orgullo mientras sonaba la música de la iguana, una danza tradicional centenaria.

Después de la respuesta inicial a la catástrofe, el trabajo de ADRA Ecuador se extendió en respuesta humanitaria para cubrir las necesidades de alojamientos seguros para las familias que perdieron sus viviendas y se encontraban en alberges, carpas y en refugios provisionales: como era el caso de Jessica y sus hijos.

Apoyada en el dintel de su nuevo hogar —uno propio—, Jessica se emociona. Quiere decir gracias, pero se emociona y se le dibuja una sonrisa al mismo tiempo que una lágrima surca su mejilla izquierda.

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Las respuestas de ADRA Ecuador
El Proyecto «Coaque Shelter Project y Recover», financiado por ADRA Sudamérica, ADRA Alemania y USAID/OFDA, permitió la construcción de 170 Alojamientos Temporales de Emergencia, bajo los parámetros de la Dirección de Planificación del  Municipio, Normas Mínimas Esfera y sismo-resistentes.
ADRA Ecuador gestionó la construcción de una nueva infraestructura de saneamiento y de reparación de la existente, dañada por el terremoto. Brindó, además, talleres de apoyo psicosocial familiar con un equipo profesional interdisciplinario, y talleres para uso adecuado del agua.




Créditos

Idea y realización:  ADRA Sudamérica
Dirección ejecutiva:  Paulo Lópes  |  ADRA Sudamérica
Realización audiovisual:  Bruno Grappa & Migue Roth  |  Angular
Asistencia ejecutiva:  Silvia Tapia Bullón y Juninha Barboza
Banda sonora y producción musical:  Nacho Alberti, Pablo Palumbo & Emanuel Zúñiga Vincent (Grabado y masterizado en DEMO Estudio de grabación)
Fotoperiodismo:  Migue Roth & Bruno Grappa |  Angular
Locución: (español) Javier López Ortega  /  (Portugués) Robson Rocha
Traducciones:  Adriana Oudri, Arlete Vicente e Beatriz Ozorio | IASD DSA
Web Design:  Lean Perrone
Crónicas: Migue Roth | Angular

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